En estos días se ha estado especulando acerca de un posible acercamiento entre Argentina e Irán. Como se recuerda, dos actos terroristas contra instituciones judías argentinas (allí reside la mayor colonia judía en la región) han estado en el medio de cualquier posibilidad de mejorar las relaciones entre los dos países. Incluso, en el verano pasado hubo un conato de incidente diplomático con Bolivia cuando el gobierno de ese país, para dar muestras de firme “antiimperialismo” invitó al ministro de defensa iraní, estando este en una lista de buscados por la justicia argentina por su supuesta participación en los citados actos terroristas.
Irán es un tópico caliente, por eso lo de Argentina suena más a una “bola de humo”, que podría estar relacionada con la agudización de la crisis entre Irán y Gran Bretaña (el enemigo de mi enemigo es mi amigo) y el añejo pleito por las Malvinas entre argentinos e ingleses. En efecto ¿cuáles serían las ventajas para Argentina de asociarse con un país que mantiene un conflicto de potencial alto voltaje con Estados Unidos, Europa y Japón (los países que le aplican actualmente sanciones) y cuyo aislamiento es creciente?
Aparentemente ninguno, pues Argentina fue de los países que hasta votó la resolución de la Asamblea general de la ONU condenando a Irán por violación de los derechos humanos, y de todas maneras, con todo y el mentado izquierdismo de la presidente argentina, la política exterior de ese país oscila de manera más estructurada que, digamos, la política exterior venezolana, que mucho tiene que ver con el estado de ánimo del presidente Chávez.
A eso se agrega que lo de izquierdismo es bastante relativo porque ¿qué relación tiene el Irán de los ayatolas con el pensamiento de izquierda? Una cosa es oponerse a Estados Unidos (hasta Hitler y los fascistas japoneses se opusieron a Estados Unidos) y otra es profesar un pensamiento de izquierda. Naturalmente, las alianzas o negocios circunstanciales son permitidos en el juego de la política. Sino que le pregunten a los propios iraníes, que con todo y su antiamericanismo le facilitaron recursos a los famosos “contras” que actuaban contra el gobierno de Nicaragua a cambio de armamento norteamericano.
En nuestros días, buena parte de la izquierda sigue definiendo los campos en torno a si se es antiamericano o no. Esa misma lógica es la que les lleva a considerar que Irán es parte del “bloque universal de la izquierda”.
La realidad de ese país está orientada en otra dirección y tiene que ver con su oculta ambición de poseer armamento nuclear. Sus razones son varias y no todas carecen de sentido. Independientemente de la valoración moral acerca de la pertinencia de poseer armamento nuclear en un mundo que debería en cambio tender a destruir el que existe, la extrema crispación existente entre Occidente y el régimen iraní, plantea hasta la posibilidad de un conflicto mayor (militar), que incluiría entre sus objetivos el derrocamiento de su gobierno y su reemplazo por algo más afín a la idea que se hacen las democracias occidentales de lo que debería ser un país con vocación de potencia regional tan marcada como Irán.
En cuanto a la crispación, obsérvese que los dirigentes iraníes piensan que el mundo es el mismo de 1979 y por eso planificaron (o miraron para otro lado) que una turba atacara la embajada británica, ya que el viejo imperio sigue siendo uno de los adversarios favoritos de los iraníes. Pero en ese sentido, no deja de ser tentadora la idea de que esa agresión forma parte de la lucha de tendencias dentro del establishement iraní y la decisión de una parte del mismo, de deshacerse del presidente Ahmadinejad, considerado contemporizador frente a Occidente.
Pero las tribulaciones de Ahmadinejad no le quitan el sueño a quienes piensan que el peligro mayor proveniente de Irán es el relativo a su posible armamento nuclear, toda vez que se asume (correctamente) que el proyecto nuclear iraní seguirá su curso, este o no Ahmadinejad dirigiendo el país. En todo caso se trataría de una cuestión de ritmo. Es lo mismo en cuanto a Israel. Para los iraníes en general, Israel es el enemigo y, con estilo diferente, cualquier gobernante iraní siempre estará en actitud beligerante con ese país.
La situación de aislamiento de Irán y su percepción de sentirse cada vez más cercado le lleva a buscar nuevas relaciones, especialmente en el vecindario norteamericano pues es desde ese país que sienten la mayor amenaza, ya sea porque Estados Unidos no descarta ninguna opción con relación a Irán, o porque podría no oponerse a un ataque preventivo de Israel. Los iraníes pueden encontrar (y han encontrado) un oído receptivo especialmente con Venezuela y Bolivia, donde han anunciado la firma de multimillonarios acuerdos de colaboración (aunque por el momento esos montos no pasan de las decenas de millones de dólares) y, sobre todo, dejan planear el espectro de la posible utilización de esos países para lanzar acciones contra Estados Unidos.
Difícilmente Venezuela y Bolivia, con todo y su conocida animosidad por los norteamericanos, se presten a ser utilizados como base de tales acciones, pero siempre queda la duda y la supuesta imprevisibilidad de los dirigentes de ambos países. Lo de Irán se resolverá, de una u otra manera, en el contexto en que se mueven las grandes potencias y en fin de cuentas lo que pase con ese país dependerá esencialmente de lo que piensen Estados Unidos, Europa y Rusia.








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