sábado, 19 may 2012

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La Voz de Conneticut

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En Egipto hay algunos cambios, pero no una revolución

Cuando las masas populares, reunidas en la Plaza de la Libertad de El Cairo (Tahrir) dieron al traste con el gobierno autoritario de Mubarak, hubo voces que hasta hablaron de que allí se estaba produciendo una revolución, cuando en propiedad lo que estaba aconteciendo era un golpe militar con respaldo popular.

Una revolución triunfante conduce a una toma del poder por grupos realmente emergentes, que generalmente son parte de la estructura revolucionaria. Pero en Egipto lo que se produjo fue el traspaso del poder de manos del aparato civil corrompido y debilitada por la fuerza del movimiento popular, al aparato militar de la misma estructura gobernante. Solo que los militares generan menos rechazo que los civiles, en virtud de la composición popular del ejército .

El problema es, por el momento, que una buena parte de la sociedad civil “adulta”, no tiene mayor interés en una revolución sino en cambios que permitan abrir el abanico de oportunidades que durante el régimen de Mubarak, estaba reservado para la gente del estamento gobernante. Para ese segmento, su oposición a Mubarak no se traduce en deseos de cambios radicales y eso da al presente fenómeno que se vive en Egipto, como dice un diario suizo, las características de “revolución generacional” más que nacional.

A la sombra de Mubarak y a cambio de mantenerse alejados de las actividades políticas, los generales egipcios terminaron constituyendo un poder económico envidiable por su estabilidad. Se le respeta e incluso se le teme de manera que importantes actores políticos consideran que con ese poder económico y militar (y ahora también político) es preferible negociar porque de otra manera se corre el riesgo de una peligrosa y explosiva división.

La Hermandad Musulmana, que aspira esencialmente a convertirse institucionalmente en parte del tejido nacional, primero desafió a los militares y pese a constatar su poder de convocatoria, inmenso, ha dado marcha atrás y ha iniciado negociaciones con el ejército para que este, llegado el caso, respete el resultado de las elecciones legislativas que comenzaron el lunes (terminan en enero) y que deben dar una importante victoria al grupo político religioso.

Esa actitud conciliadora de la Hermandad Musulmana se produce por dos razones básicas: 1) Necesitan una victoria electoral que les dé categoría de institución del sistema y 2) ya que el ejército “se vende” como la última trinchera ante el peligro islamista, a la Hermandad Musulmana no le conviene en absoluto dar municiones a ese arsenal. Por eso, aunque se critique su viraje, la Hermandad Musulmana tiene sus prioridades y una de ellas no es la de profundizar el proceso revolucionario en Egipto.

A eso se agrega que ni a la Hermandad Musulmana ni a ningún otro grupo político egipcio le interesa ni conviene que los militares sigan teniendo todo el poder que tienen y mucho menos que constitucionalmente se les reconozcan prerrogativas especiales. Se piensa en Chile, donde los militares, luego de perder el referéndum y entregar el poder, lograron una serie de privilegios, que durante mucho tiempo les mantuvo libre de la autoridad del poder civil.

Y claro, se piensa todavía más en el cercano modelo turco, mediante el cual los militares que establecieron la república, encabezados por Kemal Ataturk (hombre de gran carisma y autoridad) procuraron abrogarse poderes similares a los que tiene el ayatola en Irán, es decir, por encima del propio estado. Fue un proceso modernizante que no evitó ni siquiera el choque con la tradición religiosa musulmana.

Así, otro proceso modernizante, más de 70 años después de la proclamación de la república “kemalista” ha comenzado a poner fin a la omnipresencia de los militares y a su papel de garantes absolutos de los valores republicanos y quienes han encabezado ese proceso son precisamente los herederos espirituales del islamismo del que tanto desconfiaban Ataturk y sus “coroneles turcos”.  De esa manera, las instituciones civiles recuperan la responsabilidad de velar porque en Turquía se mantengan los valores de la democracia, aún gozando el Islam de mayor reconocimiento que en el pasado.

Se dice pues que los militares egipcios se sienten atraídos por el precedente turco, lo que no estaría mal, siempre que no fuera el de 1923, sino el de 80 años más tarde, cuando el Partido de la Justicia y el Desarrollo llegó al poder, con todo y ser islamista, pero profesando la separación entre el estado y la iglesia.

Ese es el trasfondo de lo que se juega en los estamentos políticos y militares de Egipto, no en la Plaza de la Libertad. Allí se plantea un objetivo mucho más avanzado e implica verdaderos cambios revolucionarios. Pero lo que no es seguro es que con todo y su importancia numérica y el aura que le acompaña, la Plaza Tahrir pueda imponerse a los manejos de los estados mayores, incluyendo hacer fracasar la movida de la jefatura armada al designar a un antiguo colaborador de Mubarak como nuevo Primer Ministro, y no al que estaba pidiendo “la calle”, Mohamed ElBaradei (recibió el Premio Nobel en 2005, por su trabajo en la Agencia Internacional de Energía Atómica) quien con admitida ambición política aceptaría gustoso dirigir lo que se supone debe ser la transición desde el autoritarismo a una versión egipcia (islámica) de la democracia.


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