sábado, 19 may 2012

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La Voz de Conneticut

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Siria al borde del precipicio

Una de las principales comisiones de la Asamblea General que se ocupa de temas sociales, votó este martes condenando al gobierno de Siria por violación de los derechos humanos. De hecho, la situación que se vive en ese país actualmente interesa a varios actores tanto locales como extranjeros. En primer lugar está la llamada “comunidad internacional”  la que, para estos fines, se divide en dos grupos; por un lado Estados Unidos, Inglaterra y Francia y por el otro, Rusia y China.

Y aunque lo parezca, la división no tiene absolutamente nada de ideológico y no tendría por qué tenerlo, puesto que esas diferencias desaparecieron en el caso de Rusia, con la caída del Muro de Berlín y con la desaparición de la URSS así como el advenimiento al poder de grupos que al perder su categoría de “funcionarios del partido” pasaron a ser empresarios exitosos.

En el caso de China con el proceso de modernización (capitalista)  promovido por Deng Xiaoping y sus sucesores. De su pasado comunista (así se llama el partido gobernante) China conserva ese partido, ciertas normas distributivas socializantes y, sobre todo, una rígida estructura político administrativa, muy importante para mantener la necesaria disciplina laboral que le permite a China devenir en potencia económica mundial.

En el actual conflicto en Siria, los dos grupos no logran ponerse de acuerdo en el Consejo de Seguridad. La explicación formal y más aceptada es que los tres occidentales enredaron a Rusia y China con el asunto de Libia y a que ambos países son alérgicos, cuando les conviene,  a acciones militares para cambiar gobiernos. Las potencias occidentales también a esos procedimientos, pero igualmente cuando les conviene. Así, los 3 occidentales del Consejo de Seguridad no harían nada para modificar el status quo en Bahréin y rusos y chinos no lo querían en Libia y menos lo quieren en Siria.

Por el momento los occidentales presionan al gobierno de  Bashar Al-Assad a través de la Liga Árabe, viejo y adormecido instrumento al servicio de los gobiernos del área, que hasta hace poco eran prácticamente todos autoritarios o despóticos. La Liga Árabe, que prácticamente ha expulsado a Siria de su seno,  ha establecido una buena “relación de trabajo” con las potencias de la OTAN, habiendo servido como vector para la acción militar de la alianza militar occidental que puso fin al régimen de Gadafi.

Pero esa expulsión no va a ser suficiente. Es que en la región, casi nadie está seguro de que la mejor opción sea finalmente la salida del poder de Al-Assad, con todo y la dosis diaria de decenas de asesinados por su policía y ejército. En ese sentido, los medios de prensa difundieron profusamente las declaraciones hechas por el rey de Jordania, que habría llamado al sirio a abandonar el poder. El jordano realmente lo que dijo es que si él estuviera en la situación de Al-Assad, se iría. Pero al mismo tiempo le reiteró el llamado al presidente sirio a que cumpliera el acuerdo previamente hecho con la Liga Árabe, de poner cese a la violencia y que las fuerzas de seguridad abandonaran los lugares más álgidos. Más firmes han sido los turcos y la OTAN, que sí le piden que abandone el poder.

Pero las cosas han llegado a tal punto que sectores de la oposición, bastante dividida tanto por la acción del gobierno como por las diferencias políticas, religiosas y étnicas, que ya están sugiriendo, como en Libia, la creación de un corredor aéreo de seguridad “para proteger a la población civil”.

Eso es precisamente lo que quieren evitar rusos y chinos. Los primeros porque no quieren perder otra posibilidad de tener sus barcos disfrutando de puertos amigos en el Mediterráneo, amén de tampoco querer perder un buen cliente de armas y pertrechos. En Libia los rusos perdieron ya bastante. China, por su parte, tiene sus intereses económicos, no tanto militares como Rusia y nadie le puede asegurar, a ninguna de esas dos potencias, en qué sentido evolucionarían las cosas con un cambio de gobierno en Siria, similar a lo ocurrido en Libia.

Esa misma inseguridad la tiene una parte de la sociedad civil siria, incluyendo a las mujeres. En la medida en que en Siria, como en Libia bajo Gadafi o en Irak bajo Saddam Hussein, las minorías han gozado de ciertos derechos, incluyendo las mujeres, es lógico que ante las dificultades confrontadas por esos grupos o las potenciales amenazas, abriguen dudas acerca de lo prudente en cambiarlo todo, es decir, no solamente aplicar las reformas prometidas (y no cumplidas hasta ahora) por el régimen de Al Assad, sino instaurar un nuevo tipo de gobierno.

Eso explica que, pese a la importancia creciente de la oposición, el régimen sirio siga teniendo importante apoyo, especialmente en centros urbanos. Y a falta de un abandono voluntario del poder de parte del grupo de Al Assad, mucho se espera de Turquía. No son expectativas gratuitas; se desprenden del activismo diplomático del gobierno islamista moderado de ese país, que no incluye precisamente el ingrediente religioso a su agenda. En buena medida la salida a la crisis Siria, con o sin Al-Assad (cada vez menos con él), dependerá de hasta donde serán efectivas las presiones turcas, porque es muy difícil que lo de Libia se pueda repetir.


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