Al tiempo que el comité del Consejo de Seguridad encargado de recomendar si un tema se discute o no ha aceptado su imposibilidad de lograr un consenso en torno al tema palestino, recrudecen las dudas acerca de la factibilidad de algún tipo de acuerdo entre palestinos e israelíes.
En opinión de James Baker, que fue Secretario de Estado de Bush padre, “el proceso de paz no está muerto, pero sí está en cuidados intensivos”. Y la culpa de ese estancamiento se la echa a la actual administración norteamericana y las anteriores (de ambos partidos) por su falta de voluntad.
Para otros analistas, ni los israelíes ni los palestinos creen en una solución que implique la existencia de dos estados, pero a falta de otra cosa, siguen insistiendo en ese tipo de solución. Y uno de los mayores obstáculos es que parte del territorio que debe ser parte de la negociación, está siendo colonizado por Israel, prevaleciéndose de su importancia militar.
Zbigniew Brzezinski, que fue el asesor de seguridad nacional de Carter (proviene de una familia de la nobleza polaca) considera que uno de los problemas que afectan la política norteamericana hacia la región es que los cabilderos que trabajan al servicio de Israel tienen demasiada influencia en el Congreso y que el presidente, que tiene bastante poder en la política internacional, debería utilizarlo y no lo hace. La crítica de Brzezinski no va solamente contra la actual administración, sino que, como Baker, también la hace extensiva a Bush hijo y un poco a Clinton.
Pero esa realidad, cuyo efecto principal es ratificar el status quo prevaleciente en la región, comienza a ser opacada, a nivel del Consejo de Seguridad, por el asunto Irán y el informe de la Agencia Internacional de Energía Atómica, según el cual y en términos siempre ambiguos, se sugiere que Irán está trabajando para la producción de su bomba nuclear.
Los palestinos habrían preferido que su problemática no pasara de moda tan rápidamente, pese a que sus dirigentes no se hacían ilusiones y ya sabían que la aceptación de Palestina en la UNESCO, gracias a las diligencias francesas, era todo lo que podían conseguir por el momento. Pero de ahí a convertirse en tema “de relleno”, tampoco se lo esperaban.
El conflicto entre palestinos e israelíes en las presentes circunstancias no sería causa de guerra, aunque en cierta forma sirviera de pretexto, ya que Irán ha sido bastante enérgico en su negativa a reconocer a Israel, como expresión de su “solidaridad incondicional” con la causa palestina. Naturalmente, como se sabe, la incondicionalidad no existe cuando los intereses de un estado están de por medio.
Lo que preocupa ahora a la denominada “comunidad internacional” (los 5 con derecho a veto del Consejo de Seguridad) no es el conflicto del Medio Oriente, entendiéndolo como tal el tema israelí-palestino, sino lo que Israel pueda hacer para enfrentar lo que considera son amenazas letales provenientes desde Irán.
La preocupación se deriva no tanto del hecho de que la AIEA haya confirmado (más o menos) que el régimen iraní está en serio buscando su bomba; eso ya lo saben desde el principio todos los servicios de seguridad de los países concernidos, sino que Israel haya perdido paciencia frente a la ineficacia relativa de las sanciones para convencer a Irán de la necesidad de renunciar a ese proyecto.
La aviación israelí bombardeó en 2007 un sitio de Siria donde se sospechaba que ese país experimentaba para una posible bomba nuclear. Sorpresivamente, la respuesta siria o árabe fue lo que un columnista de la prensa egipcia calificó de “sincronizado silencio árabe”. Siria acusó a la “comunidad internacional” de ignorar las acciones militares israelíes, sin más, al tiempo que negaba que el lugar bombardeado fuera una base de experimentación nuclear.
Dado ese precedente, del que Irán debe poseer abundante información dadas sus estrechas relaciones con Siria, es lógico que el régimen de los mullahs se sienta amenazado. Para eso no importa que el sentido común indique que, por ejemplo para Estados Unidos sería una aventura descomunal propiciar un ataque aéreo contra las instalaciones nucleares iraníes. Porque como ya se sabe, la lógica que guía los intereses nacionales de cualquier potencia desborda lo que se entiende como sentido común.
Israel, naturalmente, podría estar ejerciendo una especie de chantaje con sus aliados norteamericanos y europeos para obligarles a que aprieten más las tuercas a Irán, pero debe ese país seguramente saber que nuevas sanciones, por fuertes que puedan ser, no harán desaparecer la amenaza de una bomba nuclear iraní. Por una sencilla razón: para Irán y su régimen, poseer la bomba es un seguro de vida y como Corea del Norte, una vez que la tengan se sentirán más seguros de que no se les ataque militarmente.
Así, mientras surge aparentemente un nuevo foco de tensión en esa región, no provocado por algún levantamiento popular, como es lo usual ahora, sino como resultado de una potencial guerra, los palestinos prosiguen su empeño de reconocimiento tratando de que no se les olvide. Todavía no se sabe si cederán a las amistosas presiones francesas para que presenten su candidatura de “estado observador” ante la Asamblea General (lo del Consejo de Seguridad no es para ahora) o si se conformarán con el estatuto ganado en la UNESCO.
Quizás hasta les ayuda la tensión en torno a Irán, pues a lo mejor le hacen más fácil otorgarle el estatuto que les propone Francia, para desactivar un poco la tensión generada por el peligro de una guerra en la que son y seguirán siendo solamente un pretexto.








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