sábado, 19 may 2012

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La Voz de Conneticut

jSharing - JA Teline III

En Libia se practicó estrategia para siglo XXI

Europa fue potencia colonial hasta hace medio siglo. Todavía siguen algunos países del Viejo Continente ejerciendo como “potencias administradoras” que es el nombre que le han puesto al estatuto. Francia conserva sus colonias (Territorios de Ultramar), al igual que Holanda e Inglaterra.

Ya pasó, además, el tiempo más reciente, en que los servicios secretos franceses, ingleses o belgas, organizaban ejércitos de mercenarios para asesinar dirigentes de los nuevos países, generalmente con ayuda y asesoría de la CIA. El caso más sonado, pero naturalmente no el único, fue el de Patricio Lumumba en el Congo.

Ahora los europeos han descubierto que el valor de los derechos humanos, muy respetados en sus países, también lo debe ser para quienes no son blancos y fueron en el pasado reciente individualidades de tercera categoría. Esa es una de las razones por las cuales ahora se dedican a la práctica de lo que se conoce como “responsabilidad de proteger”; un sencillo signo de los tiempos y evidencia de que nada es estático.

La otra razón principal, por supuesto, como con meridiana claridad explicara la secretaria de Estado Hillary Clinton, es la motivación económica. Se interviene no únicamente para detener matanzas y eventualmente imponer gobiernos, sino para conseguir buenos contratos, especialmente petroleros.

Aunque a veces haya que obviar el asunto de los intereses económicos y satisfacer a las expectativas de opiniones públicas, como es el caso actual en que los norteamericanos han enviado comandos para operar en Uganda, República Centroafricana, Sudán del Sur (último país admitido en la ONU) y la República Democrática del Congo, a perseguir “incontrolables” que según las noticias, bajo cobertura de “rebeldes” se ocupan esencialmente de robar, violar mujeres y matar campesinos.

Según el Pentágono, los soldados norteamericanos no van directamente a combatir, sino a “asesorar” a los ejércitos locales. El esquema es bastante parecido al empleado recientemente en Libia, donde los norteamericanos proveyeron asistencia logística, aunque en muchos casos ese elemento fue el determinante porque los europeos, que cada vez invierten menos dinero en asuntos militares, no podían solos con la tarea.

En esa óptica a veces se actúa contra gobiernos que hasta aliados han sido en algún momento y contra líderes a los que se les han aceptado todos los despropósitos. Trujillo fue un buen ejemplo de aliado favorito de Estados Unidos, hasta que las balas de un grupo de antiguos asociados le puso fin  su vida, presumiblemente con ayuda de la CIA (como hoy la OTAN en Libia). Gadafi fue peor, pues se burló de todo el que le dio la gana a cambio de vagas promesas de concesiones petroleras.

Como se ve pues, Libia ha sido un modelo ejemplar de esa práctica, culminada felizmente para sus patrocinadores, con la liquidación física de Gadafi. Todavía se discute y se discutirá durante un buen tiempo, las circunstancias en que eliminaron al antiguo dictador libio. Pero en fin de cuentas eso no tiene mayor importancia, toda vez que la acción de la OTAN fue determinante para poner fin al régimen dictatorial de Gadafi y su familia. Y de todas maneras, a la mayoría de los libios les importa un bledo cómo murió Gadafi.

En cuanto al hecho en sí, nada de extraño tendría que los nuevos dirigentes libios impartieran una orden no escrita, de ejecutar a Gadafi desde que cayera.

De este tipo de decisiones (deshacerse físicamente del líder) existen variados precedentes, siendo el más famoso el de la orden dada por los bolcheviques rusos (según versiones, de parte del mismo Lenin), de ejecutar a todos y cada uno de los miembros de la familia real depuesta (los Romanov), que estaban en cautiverio en una ciudad al pie de los montes Urales. En la operación también perecieron sus domésticos. El propósito fue, naturalmente, de eliminar referencias vivas que pudieran servir a la contrarrevolución, entonces alentada desde el exterior por Alemania y Francia.

Gadafi es ya un nombre en la historia de Libia y de África. Un nombre con connotaciones esencialmente negativas porque si al derrocar a la monarquía despertó entusiasmo y esperanzas, sus largos 42 años, luego de cansarle el impulso revolucionario, no le dejaron fuerzas más que para “llevarse por delante” a quien discrepara. Como en algunos otros casos conocidos, Gadafi intentó “seguir cogiendo prestado” sobre la base del crédito inicial que recibiera por sus acciones en los primeros años de su poder.

Su modelo se había agotado hace tiempo y de eso se habían apercibido los libios, que entretanto comenzaron a pagar un alto precio (torturas, exilio, muertes) por negarse a seguirle dando un “cheque en blanco” a un dirigente y un proyecto que habían “perdido el norte” y se hundía recurriendo a los peores métodos de represión para mantenerse en el poder, él y su familia, porque ni los propios allegados estaban a salvo.

Fuera de África muchos no se daban cuenta, o no se querían dar cuenta, del fracaso del modelo, pues Gadafi se mostraba generoso con los grupos que profesaban fe antiimperialista, quizás en homenaje a lo que quiso haber sido y finalmente no fue: un Mandela, un Che Guevara, un Nasser, un Lumumba. Al final terminó siendo un vulgar dictador, caído víctima de su propia ley: “quien a hierro mata, a hierro muere”.


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