Las elecciones norteamericanas a la presidencia tendrán lugar dentro de casi año y medio, pero el proceso electoral se desencadena desde que aparecen los primeros aspirantes. Especialmente en el partido que está en la oposición.
Según manda la costumbre, si el presidente en ejercicio desea reelegirse, un principio de deferencia establece que nadie dentro de su partido se proponga como opción. Esto se facilita por el hecho de que en el sistema norteamericano no existe la repetición; una vez que un presidente agota uno (Carter o Bush padre) o dos periodos (Clinton o Bush hijo), no puede jamás volver a aspirar.
Ha habido, por supuesto, precedentes del no respeto de la deferencia. Así, cuando Johnson se planteó la reelección en 1968 en medio del desastre de la guerra en Vietnam, surgieron dentro del partido Demócrata las candidaturas de dos liberales para enfrentarle: el senador Eugene McCarthy y Robert Kennedy. Johnson optó por retirarse.
Hasta ahora nadie en la “cuadra” Demócrata se ha propuesto desafiar al presidente Obama. Y es difícil que tal cosa se produzca, pues con todas sus dificultades en las encuestas, Obama sigue siendo la mejor carta para ese partido poder conservar la Casa Blanca. Independientemente de lo que puedan pensar en el partido Republicano, donde están convencidos de que Obama es “derrotable”.
Tan convencidos están en el estamento opositor de que pueden reconquistar la presidencia y de que cualquiera puede ganar, que cada semana se oye el nombre de algún nuevo aspirante. Ahora hay como diez y media docena más observando, a ver si se lanzan. El último mencionado fue el actual gobernador de Nueva Jersey, Chris Christie, que amagó pero, para desesperación del grupo de millonarios que le quiere ver en liza, no se decidió. Por si fuera poco, luego de retirarse dijo que “por el momento” no le ve grandes cualidades a ninguno y esperará antes de apoyar a alguno.
Entretanto, la indecisión entre los electores Republicanos es tal, que unas veces aparece una incierta Michelle Bachmann en primer lugar y otras veces el no menos incierto Herman Cain, un afroamericano con posiciones generalmente más conservadoras que sus rivales blancos, y que ayuda a ese partido, compuesto esencialmente por blancos, a mantener tranquila la conciencia.
Como es tradicional, los candidatos a la candidatura tienen que trabajar inicialmente a sus propias bases. Por eso los Republicanos suelen colocarse a la derecha de lo que generalmente serían como gobernantes, mientras que los Demócratas tienen que hacerlo a la inversa, o sea, utilizar un discurso de “izquierda” para “recentrarse” cuando son electos.
Esa dinámica, sin embargo, tiene sus inconvenientes y en estos días los aspirantes Republicanos deben estarlo sintiendo cuando frente a auditorios muy conservadores, se han visto obligados a dar respuestas sobre cuestiones altamente controversiales, como es el caso del tema de la inmigración. Es incómodo, porque esos auditorios Republicanos que se movilizan en estos días son los más conservadores y más activos puesto que son los más interesados en que Obama salga de la Casa Blanca y, de paso, que se le haga la vida todavía más difícil a los inmigrantes indocumentados y hasta quien sabe si también para los residentes legales.
Si bien es cierto que Obama, como presidente, ha decepcionado a más de uno de los grupos de poder que le respaldaron en las anteriores elecciones, lo cierto es que los Republicanos que pueden decidir las primarias de ese partido no hacen el menor esfuerzo por atraerlos. También es cierto que la principal preocupación de la comunidad hispana en su conjunto, es la misma del resto de la población norteamericana; la economía, el desempleo y la incertidumbre para el futuro.
Pero para un norteamericano no hispano promedio, el tema de la inmigración no es para nada prioritario, mientras que sí lo es para los hispanos, aunque sea porque muchos tienen la desagradable impresión de que cuando se condena la inmigración ilegal, se piensa sobre todo en ellos. Esa es una realidad que por el momento escapa a la mayoría de los aspirantes Republicanos.
Solo hay dos de ellos que se salen un poco del pelotón: Jon Huntsman, un moderado que fue embajador de Obama en China, pero cuyas posibilidades por el momento aparecen remotas. El otro es el gobernador de Texas, Rick Perry, que tiene reputación de hombre decididamente de derechas. Y lo es, pero en el tema migratorio ha evidenciado sentido común y compasión. Se opone al famoso muro en la frontera con México y siendo gobernador, aprobó un programa para permitir que hijos de indocumentados pudieran beneficiarse de las tarifas universitarias baratas que corresponden a los residentes de Texas. Una política que se corresponde más a la de un estado del liberal noroeste, como Massachusetts, que al de un estado de factura diferente, como Texas.
Irónicamente, el candidato que llegaba con la etiqueta de liberal más marcada, Mitt Romney, precisamente antiguo gobernador de Massachusetts, ahora hace lo que sea, con tal de satisfacer al Tea Party y otros agrupamientos híper conservadores del partido Republicano. Una transformación parecida a la de John McCain cuando sintió su posición de senador amenazada por los ultras de su partido.
Esos aspirantes Republicanos piensan que luego de ganar la nominación ya habrá tiempo para enderezar lo torcido y entonces presentar una oferta más centrista. Pero en el camino algunos de ellos dicen tales barbaridades que se duda que puedan recuperar el terreno perdido. Porque los hispanos representan una fuerza ya demasiado importante para que se espere de ellos que sigan soportando sin reaccionar el tratamiento que se les aplica.
Es que los hispanos, según el censo, en las elecciones de 2008 representaron el 13 de los electores de Colorado, el 14% en Nevada, el 15% en Florida (antes la mayoría eran los cubanos, ahora son los boricuas) y 38% en Nuevo México, lo que significa que en al menos en esos estados, el electorado hispano puede ser decisivo. Obama logró que casi un 70% de hispanos votara por él en el 2008. Pueden los hispanos estar descontentos con su gobierno, pero por el camino que van, difícilmente los Republicanos van a conseguir ni siquiera el 40% que votó por Bush en el 2004.








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