Muy pocos realmente se oponen a la legítima aspiración palestina de convertirse en un estado, con todas las de la ley. Ni siquiera los propios palestinos piensan que el presidente Obama está contra su reivindicación. Pero la realidad se impone sobre los deseos, sobre todo cuando la misma tiene implicaciones domésticas para el presidente norteamericano. Como en otra dirección las tiene para el presidente francés, Nicolás Sarkozy, igualmente en afanes reeleccionistas.
Lo que Obama piensa sobre los legítimos deseos palestinos, quedó reflejado en su discurso del 2010 ante la ONU. Quizás pensaba él que el curso de los eventos iría por otro derrotero, que los Demócratas no perderían el control del Congreso y que los Republicanos terminarían por aceptar su estilo contemporizador, tomándolo por lo que él considera que es: un presidente deseoso con la voluntad de gobernar junto a los demás y no por lo que sus adversarios Republicanos piensan que es: debilidad de un gobernante inexperto llegado a la posición por un “descuido” del establishment.
Siendo así las cosas, Obama ha tenido que dejar de lado su profunda convicción del respeto al derecho de los palestinos y enfrascarse con las necesidades de su reelección.
Hace un par de semanas, aprovechando la imagen “anti israelí” cultivada por los Republicanos y por el primer ministro Benjamín Netanyahu, los Demócratas perdieron un asiento al Congreso, nada más y nada menos que en Nueva York. Razón para preocuparse. Es en ese contexto que se presenta el tema palestino ante la ONU. Ciertamente, la administración norteamericana debería reconocer lo mal que ha desempeñado su papel de mediador aceptado por las partes.
A tal punto que ya los franceses abrieron las puertas a una reestructuración del mecanismo de intermediación entre palestinos e israelíes. Para dar fuerza a su argumentación, los franceses, en aparente contradicción con Estados Unidos, propusieron en el discurso de su presidente ante la Asamblea general, que Palestina sea aceptada como “estado observador”, es decir, la salida intermedia entre lo que desean los palestinos y lo que pueden aceptar Estados Unidos e Israel.
En principio, hasta la aceptación de Palestina como “estado observador” es inaceptable para quienes se oponen a su objetivo, pero bien miradas las cosas, tampoco conviene a la estabilidad regional, que los palestinos salgan con las manos completamente vacías de su actual intento. Es que el simbolismo de Palestina como miembro pleno en la ONU adquiere mayor fuerza a la luz de la llamada “primavera árabe”, es decir, todos tienen derecho a sus reivindicaciones excepto los palestinos.
En ese orden, se tiene la desagradable impresión de que la administración Obama no sabe realmente cómo “entrarle” a este asunto. Es que las sospechas sobre el presidente norteamericano de parte de Israel son muy altas. Las razones son variadas. Pese a que los judíos norteamericanos generalmente votan Demócrata (por razones esencialmente de política doméstica norteamericana), siempre se tiene la sospecha de que un presidente de ese partido puede terminar por “traicionar” a Israel.
El presidente Obama comenzó actuando frente al tema palestino de acuerdo con sus convicciones y haciendo gala de una franqueza que le caracterizó como candidato (y le permitió ganar las elecciones). El lamentable concurso de circunstancias, victoria Republicana en las elecciones legislativas y la ascensión al poder en Israel de una derecha belicosa y aislacionista cambió considerablemente las coordenadas. Quizás Obama y sus asesores no se dieron cuenta a tiempo. Por eso tienen encima una mezcla de grave responsabilidad y al mismo tiempo de impotencia.
Francia tiene una difícil relación histórica con sus vecinos árabes y cualquier cosa que puedan hacer para aliviarse la presión es buena, dado el alto número de musulmanes que vive en ese país. También han tenido los franceses graves problemas con su población judía, pero estos son menos numerosos e Israel es un solo país, de manera que a la hora de escoger en función de los intereses franceses (en nuestros días, esencialmente económicos), siempre será mejor irse del lado de los árabes.
Los norteamericanos, a su vez, tienen como aliado estratégico principal a Israel y eso no va a cambiar. Al mismo tiempo, de ninguna manera pueden tirarse encima al mundo árabe por no actuar debidamente en torno a la reivindicación nacional palestina. No pueden limitarse a dar dinero a la Autoridad Palestina e irse a dormir tranquilos. Por eso, el oportunismo electoralista francés puede brindar la mejor salida a los norteamericanos: en lugar de ser una única gran potencia, actuando en los hechos como juez y parte, ¿por qué no mejor crear una estructura eficiente y fiable para lidiar con ese problema?
Podrá no gustarle a Estados Unidos esa incursión francesa en sus “aguas territoriales”, pero tiene más sentido poner en manos de los 5 del Consejo y de la Liga Árabe la búsqueda de una solución al conflicto entre palestinos e israelíes, que dejarla en manos de un actor que da la impresión de cansancio y hartazgo con el tema. Y en fin de cuentas ¿no sería mejor para los norteamericanos repartir la carga? Eso podría ser la vía porque de todas maneras, el asunto es difícil que se discuta en estos momentos en el Consejo, porque hasta los aliados de los palestinos saben que una decisión de la ONU debe tener algún reflejo en el terreno y no simplemente las celebraciones de unos y el peligroso y mortífero enojo de otros.








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