Al cumplirse el año del golpe que derrocó al gobierno constitucional de Honduras, el ex presidente Manuel Zelaya ha acusado a Estados Unidos de haber estado detrás de la asonada golpista que le derrocó.
La diplomacia estadounidense, a la que no le interesa demasiado la región vecina, ha actuado de manera tan ambigua, frente a ese golpismo del siglo XXI, que cualquier acusación que se le haga adquiere visos de verdad. También hay que admitir que la maniobra, que envolvió a estamentos civiles (ordenaron el golpe) y militares (cumplieron la orden hasta más allá de lo requerido) hundió en el desconcierto a todo el mundo. Pero con desconcierto o no, toda la región esperaba algo nuevo, de una administración realmente nueva.
Lo demás, era volver sobre los pasos de una historia vivida. Solo hay que recordar que sectores del gobierno de Kennedy conspiraron para derrocar a más de un gobierno democrático. Entre los cuales el gobierno dominicano que presidía Juan Bosch y, precisamente, el de Honduras, que encabezaba Ramón Villeda Morales; ambos casos en 1963.
Consecuentemente, por inverosímil que parezca aunque el presidente norteamericano se llama Obama y aunque todo el mundo al sur del Río Grande le admira (una última encuesta confirma la buena percepción que hay sobe Estados Unidos desde que él se hizo cargo de la administración) persiste la creencia de que eso puede ocurrir; aún por encima de la cabeza del propio presidente estadounidense.
Eso si debió haberlo dejado claro el ex presidente Zelaya cuando hizo su reciente denuncia. Como dice el refrán «lo cortés no quita lo valiente», y al momento de hacer esos señalamientos se debe reconocer que hay diferencias entre Obama y la gran mayoría de sus antecesores presidenciales. Sobre todo por el hecho de que esperara todo un año antes de decirlo.
Se supone, claro, que desde el primer momento, algunos amigos le presionaron para que hiciera la denuncia. No obstante, más pesó la convicción de Zelaya de que, en pleno siglo XXI y con Estados Unidos gobernado por un hombre como Obama, era imposible que prosperara una aventura golpista. De hecho, sobrevive a la Guerra Fría la creencia de que sin la aprobación de Estados Unidos es imposible un golpe militar, particularmente en países donde hay bases militares norteamericanas.
Esa creencia tiene todo el peso de la lógica ya que es inimaginable que no se establezcan relaciones, a veces cercanas, entre los militares norteamericanos de la base y los estamentos militares locales. Naturalmente, eso no significa que los aventureros actúen solamente sobre la base de asentimientos superiores; en ese caso ya no son aventureros, pero es de dudar que se atrevan tanto como para contradecir opiniones contrarias de tan poderoso amigo.
Ahora bien, si es tan obvia la actitud de desinterés de la administración por los asuntos regionales (no es simplemente una crítica, sino una constatación), queda entonces a la discreción de quienes están sobre el terreno, decidir qué aconsejar o no. O bien, como dice el refranero popular, «hacerse el loco» y mirar para otro lado. Lo malo de esta lectura es que los Estados Unidos siguen quedando tan mal parados como si efectivamente hubiesen tenido participación en el golpe militar contra Zelaya. De manera que a los norteamericanos les queda allí una asignatura pendiente.
Sobre todo porque en Honduras también, todo sigue pendiente. A Zelaya no le dejan entrar con todo y que el presidente Porfirio Lobo le garantiza su seguridad personal. Pero el aparato judicial, controlado por quienes organizaron el golpe militar le amenaza con enviarle a la cárcel si regresa. De manera que pese a las promesas de Lobo, un regreso de Zelaya solamente serviría para que sus enemigos se cebaran sobre él y el movimiento popular respondiera. Quizás de manera violenta.
El prestigio de Zelaya entre sus seguidores, que son muchos, ha crecido en la medida en que el propio presidente Lobo, en más de una ocasión ha denunciado que los mismos que le dieron el golpe a Zelaya se lo quieren dar ahora a él y que provienen de su propio partido. De esa manera Lobo, que no es tonto, le pone su nombre con apellido a lo que ocurrió en junio del 2009, aunque él y su tienda política trataron de mantener distancias frente a los golpistas. Sin embargo, la realidad es que el día en que tomó posesión de su cargo, sus invitados, con excepción del presidente panameño, fueron masivamente abucheados.
Pero a la luz de cómo han evolucionado las cosas en Honduras, a Lobo le conviene cerrar la brecha que separa a su gobierno de los partidarios de Zelaya. Si Honduras no se puede dar el lujo de abrir las puertas a un ex presidente que fue víctima de un acto ilegal y violatorio de sus derechos constitucionales y humanos, entonces ese mentado retorno a la democracia deja mucho que desear y ni siquiera el retorno del país a la OEA sería suficiente. De ahí la gran atención que están dando la generalidad de los gobiernos de la región a los próximos pasos de la administración norteamericana.
martes, 07 feb 2012
Última actualización:02:52:33 AM GMT









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