sábado, 31 jul 2010

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La Voz de Conneticut

jSharing - JA Teline III

No se debe subestimar a la gente del té

Hay una parte de la sociedad, aunque sea minoritaria, que está convencida que “se cometió un error” eligiendo a Obama en el 2008. Por más de una razón, según esos ultras: porque es negro, porque es “socialista y extranjero”. Como si fuera poco, es además Demócrata y demasiado brillante para el gusto de esa gente, cuyo accionar político (el pensamiento no juega gran papel en este esquema) es el de estar contra casi todo lo que tiene que ver con el gobierno, incluyendo al presidente y a los congresistas, sin dejar fuera del “paquete” a periódicos, a los muy ricos y a los intelectuales.
Hay, subyacentes, otras razones que no tienen nada que ver personalmente con Obama: que el gobierno “mete la cuchara” en todo y eso es un peligro; que el Estado es insaciable y pone muchos impuestos; que es un abuso que en medio de la crisis, se le haya dado tanto dinero a los bancos para evitarles la ruina, que los bonos que reciben los ejecutivos de las grandes compañías son inmorales o que la propuesta reforma del seguro médico es “puro bolchevismo”.

Esas características, que se pueden traducir en dos palabras: miedo y rabia, son las que definen al movimiento conocido como “Tea Party” (manifestantes que recurren al término histórico acuñado en 1773,  cuando se produjo lo que se llamó “Motín del té” en protesta por los impuestos ingleses a su colonia norteamericana) y que en principio deberían ser una bendición para los Republicanos, pero que finalmente no lo es tanto. 

Y la principal razón es que el “temperamento” libertario y anárquico de ese movimiento, por mucho que esté especialmente contra la administración Obama y los Demócratas, afecta también a una organización tan inherente al sistema como el partido Republicano. Newt Gingrich, el ideólogo Republicano que desde el Congreso le hizo la vida tan dura a Clinton y figura de reserva de ese partido, ya dijo que le simpatiza mucho el “Tea Party” pero que también le tranquiliza que gracias a la intervención del gobierno (de Roosevelt), “él puede beber agua limpia de la llave, en cualquier lugar del país”.

Por lo demás, en un evento reciente de ese partido, las tendencias más “puristas” intentaron hacer aceptar una especie de juramento, que obligaba a los candidatos a luchar por los principios que consideran básicos Republicanos, entre los cuales oposición al aborto, a las uniones homosexuales o a cualquier restricción al porte de armas. El intento fracasó, pese a la creciente capacidad de los “Tea Party” en hacer elegir candidatos (de derecha, pero podría ser hasta un Demócrata), porque entre los Republicanos, como entre los Demócratas coexisten tendencias.

De manera que el “Tea Party” (en sus variadas vertientes pues varios centenares de grupos reivindican la exclusividad del nombre) no es una permanente punta de lanza Republicana, aunque circunstancialmente se apoyen uno a otro. En ese sentido es revelador que hayan invitado en su última gran actividad a Sarah Palin (cobró $100 mil dólares por hablar allí), que aunque es Republicana, representa mejor a la gente común (gente común derechista y conservadora, por supuesto) que el aparato partidario, con su burocracia y sus compromisos de pasillo con las corporaciones (que no les gustan a los “Tea Party”).

Y eso que la Palin, que atacó duramente a Obama por usar un “teleprompter”, fue descubierta leyendo sus temas ¡escritos en la palma de la mano. La realidad es que a los “Tea Party”, eso les importa un bledo. La Palin les fascina y punto.

Se puede pensar de esos movimientos de los “Tea Party”, que son un elemento folklórico de la vida política norteamericana y la verdad es que en muchas de sus manifestaciones tienen algo de eso. Y como prueba quizás de que quieren volver a los orígenes de la fundación del país, es que no hay casi negros ni representantes de minorías, sino esencialmente blancos, de edad media en adelante (los menos de 45 años no abundan).

Lo que no se puede es subestimarles, porque probablemente su fuerza radica en el fuerte componente de espontaneidad popular que tienen. Ciertamente, manipulan los temores y las desconfianzas de la gente común, especialmente en los Estados más conservadores y en los grandes suburbios.

Pero al mismo tiempo, en un  período de crisis de lenta recuperación como el presente, en que el gobierno resulta ser el gran culpable, los “Tea Party” son el instrumento ideal para protestar contra el gran culpable, que es el gobierno. Y resulta ser que el presidente es Obama, con todas las virtudes y defectos que tiene su remarcable personalidad.

Un experto define el movimiento como la confluencia de dos corrientes: una línea conservadora “a la Reagan”, que promueve la reducción del papel del Estado (que desde que Obama llegó al poder ha crecido, puesto que era inevitable que el Estado evitara el derrumbe económico total de la nación, heredado de una administración Republicana)) y un  populismo que rinde culto a la imagen del norteamericano promedio en rebelión contra la élite política y económica. 

Obviamente que el presidente Obama no encaja bien en esa agenda, pero esos grupos si pueden perfectamente coaligarse para un objetivo común que sea el de retornar los Estados Unidos más cerca de sus raíces, lo que puede implicar hasta menos intervenciones extranjeras, pero también “corregir la anomalía” histórica que permitió a un negro ganar, y bien ganada, la elección a la presidencia.

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