El presidente Obama comenzó a hacer algo que los norteamericanos estaban esperando que hiciera desde hace meses: marcar su distancia frente a un Congreso de reiterada ineficacia (sobre todo el Senado) en lo que respecta a su agenda y a la situación de crisis que mantiene el nivel de desempleo en un preocupante 10%.
La ineficacia del Congreso responde a dos factores básicos: los Demócratas han mostrado una incapacidad lamentable para usar a favor del presidente la impresionante mayoría de que disponen. A diferencia de los Republicanos, no han podido presentar un frente común y se han dividido en numerosas facciones, la mayoría de las cuales de tinte conservador. Los senadores, en particular, han estado pensando más en su posible reelección que en ayudar a Estados Unido a salir de la crisis. Y lo peor es que su seguridad electoral la establecen a partir de fijar posiciones conservadoras. Así, es difícil catalogar a ese grupo heterogéneo y dispar como de bloque Demócrata.
Los Republicanos, por su parte, han lanzado una estrategia conducente a hacer fracasar al huésped la Casa Blanca. Su irritación con Obama quizás no es tanto por racismo como por el hecho de que es un «advenedizo» que se aprovechó de un vacío que se le creó al estamento político luego del desastre de dos administraciones Republicanas bajo Bush. Se han empleado a fondo utilizando todos sus recursos de presión para mantener una estricta y sorprendente disciplina para mantener una férrea y organizada oposición, lo que dice bastante de su capacidad para actuar en grupo, dentro y fuera del poder.
Lo de sorprendente se debe a que el partido Republicano, al igual que el Demócrata tiene varias alas, incluso un ala relativamente progresista (y que hasta admira a Obama), que sin embargo se ha prestado a la estrategia del estado mayor Republicano de hacer fracasar a toda costa al presidente. Lo que no implica necesariamente que todos persigan ese objetivo ya que, en determinadas circunstancias, algunos de esos congresistas pueden ser atraídos por la agenda social de Obama.
Claro, las culpas de esta situación no radican solamente en una oposición Republicana de mala fe. Es más, cabria la sospecha de que en el estamento Demócrata también hay grupos que desean el fracaso de Obama. Esa percepción no es solamente del norteamericano promedio, sino también de analistas, incluso de tendencia Republicana, pero a quienes preocupa la derivada que ha tomado la política norteamericana en lo que se supone que es realmente una nueva época.
Las iniciativas recientes de Obama en dirección a la nación e incluso al mismo partido Republicano se inscriben pues en una especie de necesario sacudimiento, de entender que él no puede seguir uniendo su suerte política a unos asociados Demócratas que en cierta forma han malgastado el capital que los electores le otorgaron en el 2008. Obama se ha «tirado la calle al medio», como hizo en la campaña, a hablar directamente con la gente, a no seguir temiendo el sistemático bloqueo Republicano o la ineptitud Demócrata a sus iniciativas.
Más de un experto le ha recomendado a Obama que si los Republicanos quieren utilizar el abusivo recurso del «pirateo» (buccaneer u obstrucción mediante interminables discursos)) a sus propuestas ante el Congreso, que les deje asumir esa responsabilidad ante el electorado (todo se mide en términos electorales), que peor es la imagen de un presidente brillante pero dejando una imagen de vacilante.
Como otros grandes presidentes hicieron en su momento, se piensa en Roosevelt y en Reagan, por la capacidad de ambos para comunicar directamente con la gente, pasándole por encima a los aparatos partidarios y haciendo descansar su popularidad en su fuerza personal y no en el partido. Obama tiene excelentes condiciones para hacerlo igual, por su inteligencia, su facilidad comunicativa y la claridad de sus propósitos.
Para demostrarlo, Obama no solamente está de nuevo viajando por todo el país, esta vez no llevando solo promesas a los lugares donde se detiene, generalmente particularmente deprimidos económicamente sino planes y recursos de aplicación inmediata. Incluso aceptó discutir «cara a cara» con los Republicanos en un encuentro de legisladores de ese partido.
De ese encuentro salió a relucir que si efectivamente los Republicanos se han dado a la tarea de oponerse a todo, tampoco los Demócratas han ayudado a distender. Es que el partido del presidente, confiado en su mayoría «blindada», decidió no darle debida participación a la debilitada oposición, ignorando que ese «blindaje» era extremadamente relativo, a tal punto que de poco ha servido.
La línea que bajará Obama al estado mayor Demócrata será sin duda; «si ustedes no pueden ayudar con la mayoría que tienen, entonces asocien a los Republicanos que se pueda para que el gobierno no fracase».
La moraleja vendría siendo que, a pesar de las mejores intenciones que pueda tener un gobernante para tratar de resolver los problemas de un país, la «politiquería política» será siempre uno de los primeros y principales obstáculos.








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