
Nuestro ¡Ay Bendito! ha sido el antídoto contra el veneno del etnocentrismo de otros grupos étnicos. Los boricuas, contrarios al pino a cuya sombra nada crece, hemos sido como el sándalo que perfumamos el hacha con que nos hieren (perdón intrínseco). La máxima de: “donde comen dos comen cinco”, ha sido culturalmente el acercamiento proverbial al sufrimiento de los que se nos arriman. Aquello de que, “éramos muchos y parió la abuela” nos alarga los brazos para en un abrazo solidario fundirnos con los que con nosotros hacen causa común con el dolor y en la alegría. Con ese trasfondo cultural nos metimos en la diáspora a dar lecciones de hermandad fraterna.
A principio de los años 50 en que la recuperación económica de la depresión en los Estados Unidos se hacía patente, Puerto Rico era un país agrícola donde la pobreza y la carencia de los servicios básicos impedía el movimiento ascendente hacia un modo de vida más holgado.
Es en esta época que el franco acceso que nos permitía la ciudadanía americana abre el camino de la emigración hacia los Estados Unidos en busca de mejores oportunidades. Y así empieza la historia en la que en un gesto marsupial esta nación abre la bolsa y nos carga hasta que aprendimos por nosotros mismos a establecernos económica, cultural y educativamente en asentamientos comunitarios que íbamos formando por los estados del este desde la Florida hasta la Nueva Inglaterra. Hoy por hoy somos más los boricuas que vivimos en los Estados Unidos que los que viven en la isla. Muestras de nuestros logros lo son el reciente nombramiento de la juez Sonia Sotomayor al tribunal Supremo de los Estados Unidos y el astronauta Joseph Acabá quien se acaba de bajar del cohete que lo llevó a la luna.
Los que originalmente se restablecieron en la ciudad de New Britain, Connecticut tienen la particularidad de provenir, en su mayoría, de los extremos Este y Oeste de Puerto Rico: Maunabo y San Germán respectivamente. Distinto a los obreros agrícolas que se asentaron cerca de las fincas de tabaco, los que llegaron a New Britain se asentaron alrededor de una ciudad eminentemente industrial donde el nivel de vida era a la altura de cuello blanco y azul. Es en esta ciudad, provincial y conservadora para ese tiempo, en la que predominaban los inmigrantes de origen polaco, donde se encubó el rechazo a los que se agrupaban hablando Español en las aceras y lugares públicos. Eran dispersados y hasta perseguidos por la policía. Empezaron los epítetos denigrantes hacia los puertorriqueños y la persecución arreció al punto de que no los querían en ningún lugar de la ciudad.
Transcurría el año 1957 cuando un lareño, don Adriano Muñiz, empezó a identificar otros líderes incipientes. Los convocó a reunión para estudiar el problema y plantearles que había que hacer algo. Así fue como junto a don José Ruiz (Arecibo), don Raymond Rivera (Arecibo) y don Luis Lamourt con el apoyo del Padre Guesani empiezan a formar el colectivo comunitario contra la injusticia del castigo vicioso y la difamación prejuiciada. El entonces alcalde Paul Manoford y el congresista Thomas Meskill fueron piezas instrumentales en la organización comunal que luego culminó con la fundación de lo que hoy día se conoce como La Sociedad Puertorriqueña de New Britain. A los 52 años de su fundación es posiblemente la más antigua y la única organización puertorriqueña en Connecticut que ha logrado trascender el medio siglo.
Entre los primeros presidentes se cuentan a don José Ruiz (1ro.), Tomás Ayala (2do.) y don Rafael Díaz (3ro) quien con su esposa, la señora Aida Díaz, todavía son miembros activos de la Sociedad. El Actual presidente lo es el señor Herminio Rodríguez quien precedió al señor Santos Ayala.
La Sociedad Puertorriqueña de New Britain se engrandece por sus logros de haber alcanzado el respeto para los boricuas y otros hispanos en la ciudad, haber facilitado el desarrollo de líderes que han escalado altas posiciones en la política, la educación, la industria, el comercio y la vida cívica. Su Casa Club radica en el 152 de la calle High y desde allí promueven actividades deportivas, educativas, de entretenimiento familiar, de servicios médicos y orientación comunitaria pero sobre todo, culturales.
A propósito de estas, el pasado sábado, 6 de junio, se celebró el Tercer Concurso de Trovadores por los estilos de nuestra música típica con trovadores de New Jersey, Pennsylvania, Massachusetts y Connecticut. El evento, una gesta cultural para el rescate de los géneros del cantar típico en peligro de perderse, fue dedicado a la ciudad de San Germán. El compañero Jorge Limeres tuvo a cargo una sinopsis histórica sobre la Ciudad de las Lomas para abrir el acto en el que fueron reconocidos los señores Santos Ayala y Wilfredo Pabón por sus aportaciones a la vida comunitaria de los boricuas en New Britain. La concurrida velada cultural sirvió como antesala al Festival Puertorriqueño de New Britain que organiza La Sociedad y que tendrá lugar el sábado 11 de julio en la calle High de esa ciudad.
El ganador del primer premio del concurso, donado por La Voz Hispana de Connecticut, lo fue el trovador Ramón Arroyo. El segundo premio, donado por La Sociedad, lo ganó el trovador Andrés Castro y el tercer premio, donado por el grupo Amor y Cultura, correspondió al trovador Papo Resto de Comerío, Puerto Rico.
Otros trovadores participantes fueron Angel Rodríguez, de Bridgeport, Francisco Gonzalez (EL Gallo de Salinas), Efraín Garayúa, Héctor Noel Morales, de Springfield, MA, Juan Carlos El Lunático de New Haven.



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