Pasa un año y comienza otro y nada cambia. Todavía el sol nace por oriente y se pone por occidente. Los días son de 24 horas. Los pobres siguen siendo más pobres y los ricos más ricos. Los miserables se hacen más poderosos a costa de los más débiles; los serviles continúan en su lastimoso rol de sometidos y los humildes siempre con su estoico silencio ante sus penurias. Todos se preguntan el por qué de esto:
¡Pero la fiebre no está en la sábana!
La naturaleza nos advierte de cuando en vez y con duros golpes nuestros ambiciosos intentos de violarla. Esta nos deja saber que su paciencia ya está agotada, pero los humanos retándola como poderosos dioses y en nombre de la infinita codicia, continuamos la explotación inmisericorde de la Madre Tierra. Temblamos cuando tiembla la tierra, nos escondemos cuando soplan los vientos y corremos cuando nos inundan las aguas. Los fértiles llanos se secan, las costas desaparecen, el dolor de la tragedia afecta nuestra frágil existencia. Algún soberbio apuntó que todas las clases sociales son afectadas pero uno más sabio observo que la mayoría, los desamparados, siguen siendo los más perjudicados. Preguntaba un ignorante: ¿Qué pasa?, ¿A quién hemos ofendido? Contestándole el sabio! La fiebre no está en la sábana!
Los políticos, ¡Ah!, los políticos (¿y todavía existen?) continúan acumulando en su largo historial sus repetidas y engañosas promesas.
Las palabras de estos personajes solo tienen credibilidad en los anestesiados cerebros de una clase adormecida, atontada por falsos valores, deslumbrada por el brillar pasajero de unas pocas monedas doradas que se les escurren entre los dedos. Precio con que los usureros han conquistado el mundo y los serviles se lo hemos permitido.
Los políticos también tienen amos, que les dictan en cuartos obscuros las tareas y faenas que tienen que acometer. Estos turbios y poderosos señores que residen en alguna antiséptica burbuja en un Olimpo cualquiera, rodeados de una mal lograda opulencia poco les importan cuán inescrupulosas e insensibles sean sus relaciones con el resto del mundo. Ellos en fin de cuenta son los dueños de este. Solo le temen a sus similares que esgrimen sus mismas armas y poderes.
Entonces por un momento mis pensamientos me llevan al punto de la esquina en cualquier lugar de la Tierra, donde el amo le dicta al “bichote” y este a la vez al que vende en la calle lo que le pide un pueblo que se enajena de su intolerable situación. Entonces se oye el crujir de dientes y algún desesperado pregunta porque el ruido. Y uno más sabio contesta: ¡La fiebre no está en la sábana!
El mundo sigue ardiendo, los poderosos asesinan en nombre de la desacreditada democracia, no importa cuántas leyes internacionales se violen, se bombardea con pasión con la excusa de salvaguardar los derechos humanos de unos aunque en el proceso se aniquilen y se violen los derechos de cientos de miles más. Nos exigen que se cumplan con las reglas de crédito a los que les roban el patrimonio a los pueblos del mundo. Se escuchan las amenazas por doquier de las catástrofes económicas que existen y que están por venir. Se les exige sacrificios a los ya sacrificados sin que la jauría de acomodados devuelva lo saqueado, siempre regodeándose en su propia lujuria, siempre a expensas de los desventurados. Cometemos crímenes de guerra a nombre de la seguridad nacional y armamos a nombre de la “paz y la democracia” a quienes les convenga a las multimillonarias empresas.
Con murmullos ensordecedores se escuchan a los quejosos en todos los rincones del mundo. La gente aturdida y cansada no parece saber ni para donde van ni de dónde vienen. Parecemos un rebaño de desesperados sin liderato y sin metas. Todos parecen saber que hay crisis, pero solamente a un puñado les importa. Entre lamentos alguien pregunta:
¿Qué hacer? Respondiéndole el sabio que: ¡La fiebre no está en la sábana!
En mi Puerto Rico la situación es peor. Pasaron las festividades pero continúan las atrocidades; el desempleo esta rampante; la educación dirigida por charlatanes; la salud y la justicia cogidas de la mano en deterioro galopante. El crimen, los asesinatos, la injusticia no hay quien las pare. Se oyen voces que claman que: ¡los boten!; ¡que se cambie!; otros suplican ¡basta ya de esta podredumbre! Los tradicionales se lo achacan a la economía, a las drogas y a las armas.
Los tontos no se preguntan: ¿quién ejerce el poder?; ¿de dónde vienen estas?; ¿Quién controla la entrada? ¿Quién se beneficia de esto? El sabio repetía la repuesta: ¡La fiebre no está en la sábana!
Si a la fragilidad de la vida le sumamos la ausencia de valores, la falta de escrúpulos o carecer de un verdadero sentido de justicia, entonces nos queda muy poco.
La esperanza está en que todos nos indignemos. Pero más importante que nos comprometamos. Se necesitan verdaderos líderes pensantes, de irreprochable conducta, liberados de los temores inculcados por el pasar de los tiempos. El planeta donde residimos necesita de los trabajadores, de los intelectuales, de los ricos en espíritu, necesita de todos los que tengan conciencia de que tenemos que poner el mundo a salvo de los depredadores que lo amenazan. Tenemos que tomar la responsabilidad de salvaguardar la humanidad, para entonces poder entender al que sabía más por viejo que por sabio y que incansablemente advertía:
¡La fiebre no está en la sábana!











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