Barack Obama, el hoy presidente de los Estados Unidos de América, ha sido siempre un ganador, a pesar de no haber nacido en cuna de oro. A temprana edad se convirtió en el candidato idóneo, superando inclusive su diversidad étnica – racial a una ascendente carrera política. El desastre de la pasada administración de Bush que dejó una nación en precarias condiciones económicas al borde de la quiebra y con dos guerras que no se justificaban, le abrió las puertas Barack Obama, el candidato que parecía ser exactamente lo opuesto al presidente saliente. Una vez en el ruedo político sus opositores nunca fueron una amenaza real al joven demócrata. La campaña de Obama fue hábilmente coordinada y cómodamente financiada. El pueblo estadounidense parecía decidido a salvar a la nación, pues solamente se hablaba de la decadencia del imperio.
Obama ganó y en un gran suspiro nacional sus seguidores se hincharon los pulmones pues resurgía la esperanza de un cambio, donde anteriormente el engaño y el terror habían sido las armas preferidas de un gobierno intimidante y bochornoso.
Obama era sin duda el símbolo de esperanza, era el agente de cambio, el líder que exuda credibilidad. Este Nuevo Héroe parecía más bien sacado de las tirillas cómicas que de las fauces de la bestia. Y la bestia aunque invisible y silente siempre estuvo presente, engordando a la víctima, esperando pacientemente el momento de cobrar su inversión.
El nuevo presidente, aún antes de tomar el comando formal y ante la «crisis» económica, respaldó a los grandes intereses de la nación ante la emergencia nacional que al presente luego de un año en la presidencia todavía no se perfilan soluciones inmediatas a esta. Para diciembre pasado y ante la masacre de palestinos por los «belicistas israelíes» en la franja de Gaza, Obama guardó silencio, excusándose porque todavía no había sido inaugurado, sin embargo desafortunadamente manifestó que en todo caso «era la culpa de los terroristas de Hamas por provocar a los israelíes».
Barack Obama tomó posesión de su cargo en enero del 2009 y para «sorpresa» de todos dejó y nombró a muchos de los antiguos administradores a posiciones de privilegio y poder, reflejando poco interés en el cacareado cambio del cual él era, meses antes, su paladín principal.
El sacar a los prisioneros que estaban en la base naval de Guantánamo, fue durante la campaña una de las prioridades de Obama, pero aparentes ataduras burocráticas todavía impiden la salida de estos de la prisión localizada en territorio cubano. Hoy lo que se habla es del traslado de estos seres humanos a otra prisión estadounidense pero no de su libertad inmediata.
En el transcurso de su primer año surge el golpe de estado en Honduras, donde miembros de la oligarquía y militares destituyen al presidente electo Manuel Zelaya. Obama, ejerciendo sus funciones oficiales condena tímidamente el golpe, coincidiendo con los demás jefes de estado del hemisferio. Pero con una serie de manipulaciones de los representantes del gobierno estadounidense en aparente contradicción de la posición oficial, se alargó la estadía de los golpistas hasta que se celebraron unas fraudulentas elecciones donde «ganó» la extrema derecha para beneplácito de los usurpadores. El gobierno del Sr. Obama reconoció el nuevo gobierno, validando el golpe de estado. Repitiendo así las antiguas costumbres del gobierno estadounidense con las naciones latinoamericanas.
Este extenso preámbulo me lleva al reciente reconocimiento, inmerecido por demás a Barack Obama, del premio Nóbel de la Paz. Aunque este premio no tiene el significado que pretende (y menos desde que se lo otorgaron a Henry Kissinger) todavía tiende a continuar creando ilusiones ópticas con respecto al Sr. Obama. Pero alguien podría argüir que él no tiene la culpa de ser nominado y podrían tener razón.
Lo que no tiene razón de ser es cuando el Sr. Barack Obama en su discurso de aceptación del hoy desprestigiado premio hace señalamientos que demuestran una insensibilidad más característica de su predecesor Bush, que de la imagen que él le ha vendido al público estadounidense. Una persona que «como comandante en jefe de una nación comprometida en dos guerras» las justifica porque hay que «reconocer la historia y las imperfecciones humanas» y a la vez recibir un premio por sus ejecutorias bélicas para lograr la paz debería también recibir un premio en cinismo. El premiado por la paz en su elogio y justificaciones por la guerra desconoce a un hombre más civilizado, citando al hombre primitivo para justificar la barbarie del presente.
Y una vez más coloca a los Estados Unidos como guardián de la paz a pesar de ser la nación más belicosa del planeta, olvidándose de un estudio del mismo Congreso estadounidense donde se identificaron «234 casos en los que EE.UU. ha utilizado sus fuerzas armadas en el extranjero… para otros propósitos que no son normales en tiempo de paz». En el 2006 había 192 estados miembros en las Naciones Unidas.
Durante los ultimos dos siglos, EE.UU. ha atacado, invadido, patrullado, derrocado u ocupado a 62 de ellos.
Parece que a Obama convenientemente se le ha olvidado su historia o la utiliza para su propia conveniencia. La torpeza en el pasado presidente era «natural» pero: ¿cuál es la excusa de Obama? Que lastima que la confianza, la credibilidad y la esperanza desaparecieron en solo un año: ¿o es que el sistema, como la bestia invisible y silente continúa cobrando sus caras inversiones?









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