sábado, 19 may 2012

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La Voz de Conneticut

jSharing - JA Teline III

La noche de los ahorcados

Salimos de la cantina a eso de la una de la mañana, extrañamente sobrios, considerando la casi docena y media de botellas de cervezas que nos habíamos tomado mi amigo y yo. No sé por qué decidimos tomar cervezas esa noche, ni tampoco por qué yo llevaba el cigarro encendido entre las manos. El que fumaba era él.

A la una de la mañana, Lima es más bien fría. Sus calles, iluminadas por faros de luz amarilla barata, no están del todo solitarias. En Lima siempre hay alguien caminando, o grupos de personas que conversan en las esquinas. Sea la hora que sea. Y si es viernes -como era ese día-, es más que seguro que te toparás con alguien.

Al salir de la cantina, lo primero que propuso mi amigo fue ir a algún restaurante que esté abierto y comer algo, lo que sea.

- Yo tengo sólo... - dije, revisando mis bolsillos - una moneda y media para gastar.

- Y yo tres... ya son casi cinco. La hacemos. En la avenida Alfonso Ugarte hay un hueco donde cocinan rico.

- ¡Alfonso Ugarte! ¿Caminando?

- No hay de otra, hermano. ¡Me muero de hambre!

- Y la noche es joven, ¿no?

- ¡Como nosotros! -se entusiasmó, sarcástico. - ¡A por ellos que son pocos y cobardes! - me arengó después, citando a Loquillo, el cantante español.

Y empezamos a caminar abrazados, como los dos buenos amigos que éramos, sin importarnos las calles por donde nos metíamos, no del todo seguras. Porque éramos jóvenes y nos sentíamos dioses o los mejores, y, la verdad, no le teníamos miedo a nada. Ni siquiera a ese tipo con pistola que venía por nuestra misma acera. Loco, loquísimo... con una pistola en la mano derecha y una botella en la otra.

- Yo soy el bravo de acá - nos gritó.

Mi amigo y yo nos miramos.

- Yo soy el bravo de acá y si quiero los mato ahora mismo.

- Pero no quieres... ¿verdad? - preguntó mi amigo.

El loco de la pistola tomó un trago de licor. Luego se quedó callado, como pensando si quería o no matarnos. Finalmente, rompió a llorar.

- ¡Soy un imbécil! ¡El más imbécil de todos! - decía - ¡Yo amaba a Cecilia!

- ¿Y qué le pasó a Cecilia? - le pregunté yo.

- Se fue con mi hermano... ¡La muy perra!

- La muy perra... - repitió mi amigo.

- ¡No le digas así! - nos apuntó el loco. - ¡Sólo yo puedo decirle perra!

- Listo, listo... - tratamos de calmarlo.

Y ciertamente se calmó. Se sentó en la vereda y nos ofreció la botella de licor. Nos sentamos junto a él, uno a cada lado.

- Sabes, mi hermano - le dijo mi amigo, abrazándolo -, mujeres van y vienen. La vida sigue.

- Yo la amaba... - sollozaba el loco de la pistola, mientras mi amigo y yo nos pasábamos la botella. Cuando se acabó, se lo hicimos saber al dueño.

- Yo vivo aquí cerca, dos calles más abajo -nos dijo-. Vamos a mi casa, ahí tengo otra botella para olvidarme de Cecilia.

- ¡Andando! - dijimos nosotros.

Vivía en un edificio blanco, de cuatro pisos. El lugar se veía decente. Pero no entramos. En la puerta me dio un ataque de paranoia y le susurré a mi amigo:

- ¿Y si ahí adentro nos mata?

Mi amigo se contagió rápidamente y decidió no entrar.

- Ya hemos tenido bastante suerte de que no nos matara afuera. ¿Nos vamos?

- Camina y no voltees.

Mientras el loco de la pistola se esforzaba por ingresar la llave en la cerradura de la puerta, nos fuimos alejando. Poco antes de voltear la calle, escuchamos que nos gritaba que regresáramos.

- ¡Corre! - me dijo mi amigo, al voltear la calle.

Y corrimos. Como si de verdad el loco de la pistola nos estuviese persiguiendo. Pero nadie nos perseguía. Ni el loco ni nuestras sombras ni Dios. Cansados, riéndonos, nos detuvimos unas calles más allá.

- ¿Buscando diversión, chicos? - se nos acercó poco después una prostituta.

- Huyendo de ella, más bien - le respondió mi amigo.

- Chicos listos... - fue todo lo que dijo.

- Y bien, ¿para dónde? - le pregunté a mi amigo.

- Da igual... Pero creo que al restaurante no llegamos.

- Si quieren comer, yo conozco un lugar cerca - nos dijo la prostituta.

- ¿Barato?

- Y limpio. Sólo tienen que invitarme.

- ¡Lo que faltaba! No tenemos tanta plata.

- Donde comen dos, comen tres - nos guiñó el ojo la prostituta. - ¿Vamos?

Antes de sentarnos, ella nos dijo:

- Yo hablo. El chino me conoce y nos servirá bien.

- Recuerda: un solo plato.

Habían varias mesas ocupadas. Trabajadores nocturnos, borrachines, mujeres de dudosa procedencia, músicos trasnochadores, definitivamente estábamos rodeados por la fauna más extraña de la ciudad. Cuando trajeron el plato de arroz chaufa, mi amigo fue el primero en lanzarse a él. En un santiamén dimos cuenta de medio plato, sin duda los tres estábamos hambrientos.

- ¿Alguna canción para la dama? - se nos acercó un viejito, guitarra en mano. Iba de mesa en mesa tocando canciones y ganándose la vida de esa manera. A su lado, otro señor no tan mayor, ciego, lo acompañaba.

- No tenemos más que para...

- Tóquese un bolero bien antiguo - me interrumpió mi amigo.

Y el viejito empezó: “Yo sólo quise quererte, yo sólo quise quererte...”

- ¡Esa, esa! - gritó mi amigo, dando una fuerte palmada, sin dejar de comer. Luego le pidió que cante otra. Y luego que repitiera la primera canción, una vez, y otra vez. El viejito guitarrista, que dicho sea de paso tocaba y cantaba bien, se reía y consentía los pedidos de mi amigo. Cuando acabó de cantar, mi amigo le pidió que se sentaran junto a nosotros para comer algo. El viejito rechazó la oferta.

- Pero algo caliente sí le aceptaría - dijo después.

- ¿Un café?

- Un tecito caliente más bien, para cuidar la garganta.

¡Chino, chino! ¡Dos tecitos bien calientes para los señores!

Me quedé mirándolo.

- Te recuerdo que no tenemos plata.

- Ten fe y serás recompensado. - Luego abrió su billetera y sacó las pocas monedas que tenía. Las juntó con las mías. - ¡Chino, la cuenta!

Nos paramos de la mesa.

- ¡Señores, esto es para ustedes, por la gran noche! - dijo mi amigo, y les dio algunas  monedas a los músicos.

Salimos del restaurante y el frío nos golpeó de frente.

- ¿A casa? - me preguntó mi amigo.

- Ya va siendo hora. ¿Caminando?

- No hay de otra, hermano.

Y empezamos a caminar abrazados, como los dos buenos amigos que éramos, por las calles de esa ciudad de locos y de ahorcados por la vida.


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