La música en la cantina sonaba fuerte. El humo de los cigarros empezaba a fastidiarle los ojos. Siempre era igual. Su tolerancia al cigarro era cero. Esta noche, junto a sus antiguos amigos de colegio, había soportado más de lo que sospechaba, pero lo hacía por estar junto a ellos.
- ¡Salud, Riveritos! ¡Qué gusto, carajo! - brindó León, quien, en la época del colegio era el líder del salón.
- ¡Salud, León! ¡Salud, Chino! - brindó Riveros, frotándose los ojos.
El Chino, siempre sonriente y bromista, levantó su vaso de cerveza y se echó el líquido de frente a la garganta, sin que sus labios tocaran el vaso, extraña forma tenía él de tomar.
- ¡Ah, mi chelita rica! - exclamó. - Oigan, ¿y por qué no habrá llegado Salazar? Dijo que estaría acá como al mediodía.
- Debe de estar trabajando, Chinito; ya vendrá - lo excusó León.
- No hables de trabajo que me da alergia - soltó el Chino, rascándose el cuerpo. El Chino no tenía oficio conocido.
- ¡A ver, la fuente de ceviche! - interrumpió el mozo, poniendo una bandeja grande en medio de la mesa.
Dos horas más tarde apareció una mujer alta, de cabellos rojos y grandes anteojos negros.
- ¡Se abrió el cielo! - gritó León, quien, al ver que la mujer se acercaba a nuestra mesa, fue guardando silencio.
- ¡Chicos, hola! - saludó la mujer.
Todos en la mesa se miraron perplejos.
- Soy yo; Salazar - añadió... - o lo que queda de él - dijo al fin, y se echó a reír.
- ¿Salazar? ¿El Loco Salazar? - preguntó un atónito León.
- Para servirte - le extendió la mano la mujer. León se la estrechó no sin evidente desconfianza.
- Estás... un poco cambiado, Salazar - dijo el Chino.
- ¿Un poco? Mírame, chinito, del muchacho que conociste ya no queda nada. Créeme, na-da.
- Te creo, te creo - dijo el Chino, y se echó otro trago a la garganta.
- ¿Pero estoy guapa o no? ¡Vamos, chicos! - quiso romper el hielo Salazar.
- Bueno, me van a disculpar, pero yo me tengo que retirar - dijo León, parándose de la mesa
- ¿Qué? De aquí no se va nadie todavía - lo atajó Riveros. - Salazar, ¡bienvenido y salud! ¡Por los viejos tiempos!
Salazar llenó su vaso y brindó junto a los demás.
Horas más tarde, las cabezas un poco nubladas por el alcohol, la antigua amistad había salido a flote y todos bromeaban y se contaban parte de sus vidas. Pero León, evidentemente incómodo, veía el reloj muy seguido.
- La vida no me trata mal - contaba el Chino -, aunque podría irme mejor. Siempre quise ser cantante, pero ya ven, no se pudo.
- Suéltate un bolerazo, mi estimado - lo arengó Riveros, y el Chino comenzó:
- Quise motivar tu vida, quise motivar tu vientre, quise motivarte toda, quise motivarte siempre, quise con nuestros motivos motivar un tiempo nuevo, y que motivo a motivo naciese un motivo nuestro...
- ¡Bravo! - aplaudió Salazar. Y luego: - ¿Y tú, León? ¿Qué fue de tu vida?
León se aclaró la garganta, tomó un trago de cerveza y dijo, muy parco:
- Invierto dinero en empresas y me va muy bien.
- ¿Muy bien? Te va de maravillas, mi estimado, no seas modesto - dijo Riveros. - Buena casa, buen auto, miren ese traje... En cuanto a mí, ya saben, me fui al extranjero. ¿Qué hay de ti, Salazar?
- Creo que va siendo hora de irnos, señores - dijo, de repente, León.
- Carajo, que no se va nadie todavía - se enojó esta vez el Chino .- Es temprano. No seas sacolargo, pues.
Salazar se sirvió un poco de cerveza y comenzó a contar:
- Yo viajé mucho, tuve muchos hombres en mi vida. Ahora mismo tengo como pareja a un muchacho francés, divino.
- ¿Y cómo así decidiste ser lo que eres? - preguntó, quizá impertinente, el Chino.
Salazar bajó la mirada. Todos se miraron.
- No sé si lo decidí o no. Lo cierto es que soy lo que soy gracias a León.
- ¿Qué? ¿Qué te pasa, maricón de mierda? - se exaltó León, levantándose de la mesa. - ¿Qué tengo que ver yo contigo?
El Chino y Riveros contuvieron al ofuscado León. Salazar, sentando aún, continuó:
- Aquí nuestro amigo me violó en la clase de Educación Física.
- ¡Qué! - se le lanzó encima León - ¿Cuándo te he tocado a ti, oye, concha de tu madre?
- ¡Cuando teníamos doce años! Me llevaste al baño e hiciste que te la chupara.
El Chino y Riveros se miraron. León, furioso, apretaba los puños.
- ¡Ya quisieras, huevón! ¡Ya quisieras tener esto en la boca! - se apretaba el bulto del pantalón, León.
- Cada miércoles, luego de la clase, me llevabas al baño - continuaba Salazar, dejando ver algunas lágrimas en su rostro.
- Y tú, contenta, ibas, ¿no?
- Me amenazabas, me pegabas... y luego, sí, lo admito, me gustó. Me enamoré de ti, ¿sabes? Por eso me cambié de colegio.
- ¡Qué estás hablando, oye! ¡Yo soy hombre! ¡Tengo esposa, hijos!... ¿Saben qué?, no aguanto oír tanta huevada junta. Me largo - dijo León, agarrando su saco y dejando unos billetes sobre la mesa. - Y, eso sí, no le crean nada a este maricón. El trago lo está haciendo hablar estupideces.
- Creo que todos nos vamos - dijo Riveros, haciéndole un gesto de desaprobación a Salazar.
- Lamento todo esto - se excusó el Chino, antes de beber su último vaso de cerveza e irse también.
Salazar se quedó solo en la mesa, junto a las botellas vacías y las colillas de los cigarros. Algunas lágrimas caían y embarraban su rostro de maquillaje.
Habían pasado cinco minutos cuando Salazar decidió pararse e ir al baño a lavarse el rostro. Una vez adentro, se miró largamente en el espejo. No sabía bien por qué había contado todo, pero no se arrepentía. Abrió el grifo de agua y se echó un poco en la cara. Fue cuando escuchó que alguien entraba en el baño y cerraba la puerta. Volteó y vio a León, quien blandía su sexo enhiesto.
- Por los viejos tiempos - fue todo lo que dijo. Salazar dibujó una sonrisa cómplice y, luego, se arrodilló.








Semana de Up Fronts
Aún no hemos aprendido a convivir
Deterioro general (en Puerto Rico)
Enluta la Cámara de Diputados la Cultura de Paz en México 

