Jesús, crucificado, lo miraba desde lo alto.
En una habitación oscura y pequeña, el padre Luis se iba quitando la sotana. Sus manos temblaban. El frío, pero sobre todo los nervios, pensó. Necesitaba ducharse y ponerse ropa limpia.
Vio el crucifijo en lo alto de la pared y bajó la vista rápidamente, como un niño que se siente en falta. Los ojos del Cristo crucificado seguían todos sus movimientos, y eso, ahora, lo llenaba de cierta aprensión. Terminó de quitarse la ropa y fue directo al baño, abrió la ducha y sintió el agua helada correr por su piel, soportando el frío como si fuera una penitencia, su castigo. El padre Luis expiaba así sus culpas. Lamentaba haber caído en tentación, haber sucumbido al placer de la carne, pero ese cuerpo lo había cautivado desde que lo vio, sus cabellos suaves, sus ojos traviesos, esas manos tan delicadas que poseía.
Visitando a un párroco
de gran mitra elíptica,
vómito eclesiástico
de sotana impúdica.
Visitando el ático - Daniel F.
Se arrepentía, por supuesto que se arrepentía, como también lo había hecho las veces anteriores, cuando tuvo que pagar por unas cuantas caricias secretas y presurosas. Cerró la ducha y cogió una toalla para secarse. No se secó. En cambió, llevó la toalla a su rostro y rompió en llanto. ¿Por qué él? ¿Por qué? De pequeño siempre tuvo claro que llevaría una vida religiosa. Acudía a la iglesia los domingos, sea con su madre o no, y observaba cada detalle de la ceremonia, memorizando cada palabra que pronunciaba el cura. Su madre se había puesto feliz cuando él le confesó que deseaba ser seminarista para convertirse, luego, con la ayuda de Dios, en sacerdote. Y lo había logrado. Si su madre viviera se sentiría orgullosa de él. Pensó en su madre. No tenía ningún recuerdo de ella, excepto ese crucifijo que le regaló antes de morir.
Más tranquilo, el padre Luis fue vistiéndose nuevamente. Se aplicó un poco de loción antes de peinarse, y finalmente apagó la luz del baño. Se sentó al filo de la cama con las piernas cruzadas, impaciente, viendo la hora en su reloj de pulsera. Volvió a pararse y tomó el crucifijo con sus manos, pasando sus dedos por la madera de la cruz, por las rodillas ensangrentadas, por los ojos suplicantes, por los brazos extendidos. Volvió a pasar sus dedos por los ojos, esta vez más fuerte. Cuando se aburrió, colocó el crucifijo en su mismo lugar. Al poco rato, sonó el timbre y una sonrisa de alegría se le escapó al padre Luis. Siempre tan puntual, pensó. Abrió la puerta y ahí estaba él, alto, fornido, moreno.
- Hola – dijo el muchacho, sonriendo.
El padre Luis se acercó y lo besó. Al separarse, notó en el rostro del chico un gesto de turbación.
- ¿Te sucede algo? - le preguntó.
- Ese Cristo... no tiene ojos.
El padre Luis, azorado, giró a ver el crucifijo.
- Es como si le hubieran quitado los ojos de manera intencional - añadió el muchacho.
- Así me lo regalaron – mintió el padre Luis, y procedió, ya sin represión alguna, a besar el cuello de su acompañante.








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